María de Ávila (1983-1986)

María de Ávila (1983-1986)

No tuvo España maestra igual. María de Ávila (Barcelona, 1920 – Zaragoza 2014) transmitió sabiduría e inteligencia a verdaderas estrellas, que van desde Víctor Ullate hasta Carmen Roche y Ana Laguna, pasando por Nazaret Panadero, Trinidad Sevillano y Arantxa Argüelles, entre muchas otras. Les enseñó a moverse en las exigentes coordenadas del ballet académico, desde luego, pero también les inculcó un principio fundamental de la danza contemporánea: les hizo entender que el cerebro es el músculo. Adicionalmente a esta labor pedagógica determinante, en el período que va de 1983 a 1986, se encargó de la dirección artística de los dos grandes entes públicos, temporalmente refundidos en una sola casa: el Ballet Nacional de España, donde sucedió a Antonio El Bailarín, y el Ballet Nacional Clásico (hoy Compañía Nacional de Danza), donde sustituyó a su discípulo Víctor Ullate. En ambas casas emprendió notables transformaciones colocando el acento visiblemente en la internacionalización y proyección, pero también tuvo un marcado interés en la renovación de los repertorios.

Por citar, bajo su gestión e iniciativa en el BNE se estrenó Medea, del maestro José Granero, que urdió con inteligencia esta adaptación del clásico griego al mundo de la danza española, que contó con música de Manolo Sanlúcar y guión de Miguel Narros. Es obra superlativa, tremendamente emocionada y dramática, que ha tenido reposición hace poco en el Ballet Nacional de España. De este período también data Danza y Tronío, de Mariemma, un trabajo fundamental que va a los orígenes y supone un verdadero homenaje a la Escuela Bolera o el ballet Ritmos, de Alberto Lorca, que contó con dirección de la misma María de Ávila. Son obras ya fundamentales y emblemáticas del repertorio del colectivo que, como Medea, han sido también remontadas en temporadas recientes del BNE.

María de Ávila se movió en ambos mundos con soltura. Aunque parece más un reclamo del ballet académico, siendo con frecuencia calificada como una de las bailarinas clásicas del país más relevantes del siglo pasado, la verdad es que dividió su pasión con la que sentía por la danza española, por su apego y respeto a la escuela bolera. Su maestra Pamela Pamiés, en Barcelona, le empujó a formarse desde niña en ballet y danza española, y la condujo también al escenario del Teatre El Liceu, donde sería habitual verle bailar. Allí empezó de muy pequeña como una de las esclavas infantiles de la ópera Aída o como el niño del Lohengrin wagneriano para pasar luego al cuerpo de baile del Ballet de esa casa, cuando tenía 14 años, hasta su debut como estrella con el estreno de Goyescas, de Granados, junto a su habitual partner Juan Magriñá. Durante la Guerra Civil no paró, y además, viajaba con frecuencia a Madrid para perfeccionarse en Escuela Bolera con la maestra Julia Castelao. En 1948 colgó las zapatillas para siempre pero lejos de desvincularse, empezaba apenas su auténtica aportación con la apertura de su primera escuela en Zaragoza. Maestra de gran alcance, tenía mal genio dentro y fuera de la clase pero sabía insuflar ánimo y coraje a todos sus jóvenes estudiantes, que terminaban admirándola profundamente. En 1982 fundó el Ballet Clásico de Zaragoza, colectivo de corta vida, que fue preámbulo a su nombramiento como directora única de las dos compañías estatales del país, donde hizo una importante labor de difusión y proyección. Murió María de Ávila en febrero de 2014, en Zaragoza, pero su legado persiste en los escenarios gracias a la gran cantidad de verdaderas estrellas que formó durante su activa vida en el mundo de la danza.

Textos: Omar Khan